TODO SE APRENDE Y TODO DEPENDE DE LA
MEMORIA.
Cuando se habla de aprendizaje, tanto a nivel coloquial como en
círculos psicopedagógicos, se tiende a pensar en la adquisición de conocimientos
y de habilidades, no obstante el aprendizaje es mucho más y comprende y abarca
todos los niveles y áreas de la vida humana.
Por otra parte, a medida que vamos “desarrollando nuestra identidad”
como seres humanos únicos, es decir como individuos particulares, se van
acumulando las experiencias fruto de la relación que mantenemos con el medio en
el que vivimos y con las personas que habitan dicho medio. Esas experiencias y
su significado se almacenan en la memoria y conforma
nuestra experiencia vital.
Dicha experiencia vital, es decir, el conjunto de experiencias,
sucesos y acontecimientos vividos da sentido a nuestro ser, a nuestro
auto-concepto y a la forma particular de ver el mundo que cada persona tiene.
Vayamos por partes:
La forma de sentir y vivir las emociones:
Depende básicamente del sentido que nuestro entorno, en especial
los padres, otorga a las cosas. Es decir, el
valor que le dotan a las emociones, ya sean placenteras y beneficiosas o
perjudiciales, de modo que si el circulo cercano al niño ridiculiza ciertas
emociones y fomenta la represión y el control de las mismas, el niño aprende que
mostrar las emociones es algo malo y lo asocia a debilidad de carácter. Este fenómeno de represión emocional está
directamente vinculado a carencias en habilidades sociales, especialmente a
déficits en la empatía y en comportamientos
prosociales.
La conducta:
El niño, básicamente aprende por imitación (aprendizaje vicario o modelado), es
decir observa a sus modelos de referencia y a sus iguales, interioriza la
conducta y la reproduce. Busca de esta forma ser aceptado y si le resulta eficaz
el nuevo comportamiento (en términos de funcionalidad) se produce un
reforzamiento positivo de la conducta y una tendencia a la repetición y
consolidación de la misma.
Esos principios de funcionalidad (motivación), que para el niño
suponen su prioridad, no son de por si adaptativos ni funcionales para un
contexto adulto.
Creencias y Valores:
La forma de entender e interpretar las
cosas, la manera de darle valor a los acontecimientos, la estructura que
permite priorizar los intereses del niño. Esta área es fundamental y se
encuentra estrechamente vinculada a lo que le transmite la sociedad y la familia
al niño en el día a día. Valores como la solidaridad, el valor del esfuerzo, la
constancia, la tolerancia a la frustración, el concepto del amor, la
paternidad/maternidad, la forma de pensar (estructuras cognitivas), estilos de
afrontamiento…. Etc, son valores que se adquieren a través del aprendizaje y
constituyen el esqueleto de la personalidad del
niño.
Las actitudes:
O la disposición frente a los demás y
a los acontecimientos de la vida diaria, es decir, la tendencia al optimismo o
al pesimismo, a la crítica constructiva o destructiva, al razonamiento, análisis
y valoración ponderada de las cosas o la impulsividad, frustración e
intolerancia como modo de reaccionar frente a los retos y demandas. Todos estos
aspectos se aprenden, se inculcan, se interiorizan y se ejercitan con la
experiencia.
Las habilidades, destrezas y aptitudes:
Es decir, todas aquellas capacidades construidas a través del ensayo
y error, que van siendo adquiridas y perfeccionadas con la experiencia y
que tiene un componente experimental. Como son el manejo de herramientas e
instrumentos, control del medio, del propio cuerpo, o la adquisición de
conocimientos. Esta área es la encargada de potenciar en el sujeto la capacidad de autonomía y de
autosuficiencia, depende mucho del refuerzo contingente y de la
autoestima (seguridad), es decir, de si al niño de le refuerza en aspectos tales
como la experimentación y no se le inculca miedo al fracaso (entendido este como
la comisión de errores).
Hábitos:
Aquellas conductas que se establecen de forma permanente y que tiene una finalidad definida, y que
además son altamente motivantes para el sujeto o se han constituido como
inherentes a si mismo, debido a su reiteración y refuerzo contingente. Los
hábitos pueden ser beneficiosos (deporte) o nocivos (alcohol), el hecho de que
una persona se inicie y habitúe a una conducta depende mucho del concepto
(creencia) que dicha persona tenga de dicha conducta y de su aceptación social. En este sentido,
personas que desean ser aceptados socialmente y con un autoconcepto deteriorado de sí
mismos, pueden buscar la aprobación y aceptación social a través de
ciertos hábitos de consumo, que asocian a prestigio entre sus iguales (fumar en
los adolescentes). De esta manera, el hábito dota al individuo de una falsa
seguridad.
Motivación y disposición:
O la fuerza que toda persona tiene para iniciar, mantener y lograr un
objetivo. Puede venir del exterior (extrínsexo), si su objetivo es
alcanzar un bien o meta externa al sujeto (un puesto de trabajo) o del interior,
si la fuerza para hacer algo surge del propio individuo, siendo su interés intrínseco (mejora de la
salud).
La disposición positiva para alcanzar algo, está directamente relacionada con la autoestima, es decir, con la
percepción de cada uno y de sus capacidades para conseguir lo que se desea, por
eso hay personas que creen que el esfuerzo y la dedicación son algo valioso,
porque atribuyen a ese esfuerzo la consecución de
sus logros, mientras que otras personas por el contrario creen que no
depende de ellos mismos alcanzar sus metas, sino que existe una serie de
factores externos que no se pueden controlar y que al final son los que deciden
las cosas (la suerte).
Este estilo de afrontamiento, muy
relacionado con las variables de personalidad LCE y LCI
(Locus de Control Externo/Locus de Control Interno), es fruto del
aprendizaje, de la experiencia y de las influencias de las figuras
significativas que rodean al sujeto en su infancia, y por supuesto de como
interioriza la persona el resultado de sus acciones y respuestas frente a las demandas, retos,
etc.
Autoconcepto y Autoestima:
La forma de verse a uno mismo, el valor que nos damos a nosotros mismos como personas en
relación a los demás. Creer que uno es igual, inferior o superior a los demás determina la forma de relacionarse con los
otros, condiciona sobremanera los modos de relación interpersonal,
afecta en la manera de interpretar las relaciones, las conversaciones y los
contextos. Influye en cómo nos sentimos en las relaciones de pareja, en el trabajo, tiempo libre…etc. Es un agente modulador de las emociones,
potencia el desarrollo de hábitos beneficiosos o nocivos, impulsa la conducta
prosocial o antisocial, la empatía y asertividad o la hostilidad y violencia, fomenta estilos de afrontamiento
adaptativos o desadaptativos (basados en reacciones defensivas), es el
desencadenante de síntomas psiconeuróticos y psicosomáticos o de estados de
bienestar y salud. La autoestima es todo y la
autoestima se basa en el aprendizaje acerca de como ver el mundo y de cómo
vernos a nosotros en ese mundo, un mundo lleno de oportunidades en el
que podemos participar, aportar y crecer o un mundo hostil del cual nos tenemos
que defender y ante el que no podemos
hacer nada para cambiarlo.
Por eso los complejos, el sentido de
inferioridad, el ver a los demás como mejores que a uno mismo, el verse en
inferioridad de condiciones, incapaz y lleno de carencias, permite el desarrollo
de sesgos cognitivos, en los cuales, la
persona tiende a infravalorarse y a ver solo lo negativo, al
tiempo que atribuye a sí mismo la causa de los problemas y el éxito a los demás.
Este tipo de sesgos cognitivos (aprendidos y heredados de la familia), tienden a
generar un estado de indefensión aprendida (causa
fundamental de la depresión) que se caracteriza por la sensación de inutilidad e
incapacidad para cambiar las cosas y afrontarlas con éxito. Todo esto es
aprendido.
La memoria:
Es la facultad mediante la cual todo aquello que percibimos queda
registrado, siempre y cuando se haya dando algunas circunstancias
necesarias e intermediadoras como son, la
atención dirigida y sostenida y que la información obtenida sea del
interés del sujeto participante (significatividad y
sensibilidad).
Así pues, a lo largo de los
años vamos almacenando una gran cantidad de información acerca de nosotros
mismos y de nuestra forma de actuar y de relacionarnos con los demás. Dicha
información se ve sometida ajuicio constantemente en términos de eficacia e idoneidad
(según nuestros propios principios morales y éticos) y
vamos reconstituyendo así nuestro propio autoconcepto y autoestima,
sintiéndonos más o menos conformes (satisfechos) y de acuerdo con nosotros
mismos y sobre todo con las expectativas que teníamos
respecto a nuestra vida y a nuestro futuro. Este ejercicio de introspección
constante, tiene dos finalidades, la
primera valorar si lo que hacemos y lo que hemos hecho es lo que deseábamos
y queríamos hacer y segundo, en
caso de ser incongruente con nuestro proyecto vital, iniciar acciones
correctoras, es decir cambios que nos lleven a una vida más coherente con
nuestros principios y valores, conscientes de que solo así podremos aspirar a
la felicidad.
Por eso, el aprendizaje
y en último término la memoria, son los principales agentes que
determinan el devenir del ser humano, conforman su identidad y dirigen su
conducta, y es en los principios del
aprendizaje en los que se sustenta la potencial facultad de la terapia
psicológica para iniciar el cambio curativo, es decir, en el
reaprendizaje por una parte y en la asimilación, comprensión y aceptación de nuestras experiencias
dolorosas.
Fdo. Ignacio González sarrió.
Psicólogo. Psicoterapeuta. perito forense.
http://psicolegalyforense.blogspot.com
grupopsico@cop.es
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